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Fotos de AP capturan a ancianos cubanos lidiando con una crisis económica cada vez más profunda

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Fotos de AP capturan a ancianos cubanos lidiando con una crisis económica cada vez más profunda

LA HABANA (AP) — Los ancianos de Cuba se encuentran entre los que soportan la carga más pesada de la creciente crisis económica de la isla, que ha empeorado desde principios de año posteriormente de un requisa petrolero impuesto por el presidente estadounidense Donald Trump.

Incluso ayer de la última recesión, Cuba ya tenía una de las poblaciones más envejecidas de América Latina, marcada por una larga esperanza de vida y bajas tasas de demografía.

A finales de 2024, casi el 26% de la población de Cuba tenía 60 primaveras o más, según la Oficina Doméstico de Estadísticas del país, casi el doble del promedio regional del 14,2% informado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe.

Muchos son ex trabajadores estatales que viven con pensiones exiguas, enfrentan recortaduras en posesiones subsidiados durante mucho tiempo y una creciente soledad a medida que los cubanos más jóvenes continúan emigrando. En los últimos cinco primaveras, la población de Cuba ha disminuido en casi 1,5 millones, en gran parte conveniente a la migración.

Los ancianos de la isla eran jóvenes cuando Fidel Castro entró en La Habana. Ahora, en la vejez, se enfrentan a un nuevo período de escasez que está poniendo a prueba hasta dónde pueden datar las pensiones, los posesiones racionados y la resiliencia personal. El impacto es visible en la vida diaria: las personas mayores caminan solas por las calles, hacen largas colas para conseguir pan y arroz y dependen cada vez más de las iglesias y de algunas instituciones estatales para obtener comidas básicas.

Uno de esos lugares es la Iglesia del Espíritu Santo en La Habana Vieja, donde casi 50 residentes ancianos se reúnen tres veces por semana para disfrutar de una modesta comida caliente a saco de carne molida, arroz, frijoles rojos y galletas saladas con mayonesa. Para muchos, las comidas ofrecen más que alimento. Proporcionan una pequeña medida de rutina, alivio y compañía durante largos días de escasez, cortes y soledad.

Entre ellos se encontraba Mercedes López Rey, una ingeniera jubilada que hasta su asesinato iba a la iglesia tres veces por semana mientras el decaída de las condiciones hacía cada vez más difícil la vida diaria. López todavía recogió comida para su amiga Julia Barceló, quien padecía cáncer de mama y no podía salir de su casa.

Otra habitual es Carmen Casado, una ingeniera química jubilada de 84 primaveras que depende de las comidas porque su pensión mensual de 2.000 pesos cubanos equivale a unos 4 dólares al tipo de cambio informal utilizado por muchos cubanos. No tiene hijos, no recibe remesas de familiares en el extranjero y vive sola en los pisos superiores de un edificio deteriorado del siglo XIX, uno de los muchos en La Habana que muestran la tensión de la perduración y el desaseo. A pesar de la pobreza y la soledad, todavía confía en el gobierno y desliz a Estados Unidos de las dificultades de la isla.

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Esta es una historia fotográfica documental curada por editores de fotografías de AP.

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